domingo, noviembre 15, 2009

LA BALACERA

Anochecía; 3 de marzo de 1994. A los separos de la Policía Judicial del Estado llegó detenido un personaje: Francisco Javier Arellano Félix. Y atrasito, Ismael Higuera “El Mayel”. No pasaron quince minutos cuando se apareció Francisco Fiol Santana, jefe del Grupo de Homicidios. Los vio; sin saludarlos, se dirigió a tres o cuatro agentes vigilantes: “Déjenlos libres”. Se vieron sorprendidos entre sí los policías. “¿No entienden?, ¡déjenlos libres!”. Los acompañó hasta la puerta, llamó a uno de sus agentes. “A ver, lleva aquí a los señores a donde te indiquen”. No hubo un “gracias” ni un “que les vaya bien”; nada.

Fiol regresó a las oficinas, pidió el acta, la dobló y la echó a su bolsa; y así, como quien utiliza “quitamanchas”, no quedó rastro del paso circunstancial de Francisco Javier y “El Mayel” en la Policía Judicial del Estado, ni parte, ni reporte, ni acta para iniciar averiguación; nada. Sólo hay una prueba impresa en el periódico El Heraldo, propiedad de Jorge Hank Rhon, cuando Francisco Javier es llevado, esposado, a los separos. Estoy seguro de que la publicaron sin saber de quién se trataba.

La fotografía fue tomada cerca de las ocho de la noche, tras una tupida balacera. Seguramente a Francisco Javier y a “El Mayel” les pasaron muy cerquitas los tiros; “El Árabe”, que así le decían a un gatillero de los Arellano, cubrió con su cuerpo a Francisco Javier. Y así fue, increíble, como se salvó primero de la muerte y luego de la prisión.

El resto del episodio es dramático: recién había cumplido cuatro años el primer gobierno panista en Baja California, y a esas alturas la PGR ya era un chapoteadero de corrupción, cuando se afianzó el Cártel Arellano Félix. Sembraron soborno y cosecharon impunidad, invirtieron dólares y obtuvieron complicidad como utilidad. A su generosidad, la procuraduría panista correspondió con protección, encubriendo sus crímenes; despistó y “congeló” investigaciones, tanto como aquella noche dejó libre a Francisco Javier y a “El Mayel”.

Los dos iban en una Suburban nuevecita, un guardaespaldas de “El Mayel” y su chofer de confianza; atrás, en una patrulla, varios agentes judiciales estatales los custodiaban. Hicieron alto frente al “Mercado de Todos” en La Mesa de Tijuana. Iban tras “El Güero” Palma, que, se enteraron, estaba protegido por agentes federales. Allí se toparon con el convoy contrario: una Suburban azul, nuevecita, repleta de hombres de la PGR. Adentro, Palma. Sintiéndose con más autoridad, se bajó el comandante de la Policía Judicial, Alejandro Castañeda. Encaró a los contrarios; el diálogo debió ir subiendo de tono, seguramente el policía reconoció a Francisco Javier y “El Mayel”. Ni siquiera se dio cuenta; desde dentro del vehículo le dispararon a la cabeza y el pecho quién sabe cuántas veces. No tuvo agonía, murió a media calle.

Respingaron sus camaradas, desenfundaron y apretaron gatillos; metros separaban a los dos grupos, unidos por la desesperación, cobijados por la muerte. Los retaguardias protectores también debieron apearse y tirotear a los atacantes de Francisco Javier; fue increíble el revoltijo de policías federales y estatales matándose por culpa del maldito narcotráfico. Nunca hubo un disparadero así. El Obisbo de Tijuana, Berlié Belaunzarán, iba camino a su casa, escuchó el tiroteo y llegó al sitio; bendijo a los muertos y agónicos.

Se aparecieron los patrulleros municipales, luego los policías estatales y también los federales. Pudo haber seguido y, por fortuna, no siguió la balacera. Paramédicos auxiliaron a los heridos, las paredes cercanas quedaron descarapeladas; ahora sí que corrió la sangre, los vehículos nuevos, todos perforados a balazos, destrozados sus cristales. Armas en el pavimento todavía humeantes, cientos de casquillos. Mezcla de sangre, pólvora, odio, corrupción y muerte.

El Licenciado Sergio Ortiz Lara, Subprocurador de Justicia del Estado, se dio cuenta de cómo fueron liberados Francisco Javier y “El Mayel”; indudablemente hubiera acusado a los policías, pero no pudo. Los Arellano actuaron más rápido y detuvieron al funcionario; le endilgaron el delito de permitir la fuga de los mafiosos, precisamente la que él iba a denunciar; lo consignaron, fue procesado. El gobierno estatal de Ruffo pagó la fianza para liberarlo. Sucedió entonces lo dramático: toda la prensa condenó ese pago; hasta a las planas de los diarios llegó la influencia de los Arellano.

Con el tiempo, Francisco Fiol Santana dejó la policía; navegó un rato en la Judicial Federal, luego fue detenido por posesión de droga y portación de arma prohibida. Salió libre meses después, regresó a Tijuana, vivía solo en un departamento. Los vecinos dijeron que a nadie molestaba, pero una madrugada lo encontraron muerto.

J.J. BLANCORNELAS

FUENTE: ZETATIJUANA.COM

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