lunes, septiembre 06, 2010

DE TROSTKY AL NARCO

Esta es la historia jamás contada de un militar que de joven perteneció a los círculos clandestinos de izquierda revolucionaria en el ejército, en los tiempos que el fantasma del comunismo de los años sesenta en México era el enemigo público número uno. La trayectoria de Jorge Maldonado Vega dio un vuelco de 180 grados cuando a finales de los años ochenta conoció a Amado Carrillo Fuentes, capo del cartel de Juárez, a quien visitó varias ocasiones en el reclusorio sur de la ciudad de México cuando cayó preso a principios de los años noventa. Documentos obtenidos de los archivos de Lecumberri y del juicio penal al que fue sometido, lo exhiben como simpatizante de ideas “subversivas” y años después, cómo interlocutor privilegiado -por su cercana amistad- del llamado “Señor de los Cielos”.

–Usted también fue de un partido de oposición—reclamó Jorge Maldonado Vega aquella tarde de junio de 1967 al entonces secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, quien lo había mandado llamar a su oficina para que explicara sus actividades políticas clandestinas. El capitán Maldonado había sido “fichado” meses atrás en una serie de reportes de inteligencia que lo vinculaban con el llamado “Vehículo Trotskysta Militar”, que en aquella época intentaba realizar actividades de adoctrinamiento al interior del ejército mexicano.

–Yo sólo sigo su ejemplo de no ser del PRI—añadió el joven oficial. García Barragán no se incomodó, era una verdad histórica su reticencia al partido tricolor pues en las elecciones presidenciales de 1952, donde resultó electo presidente de la república Adolfo Ruiz Cortines, había sido coordinador de campaña del frente opositor que encabezó el general Miguel Henríquez Guzmán. Al viejo revolucionario le caía bien aquel muchacho, decía que era preparado y además bronco; una ocasión a las afueras de su oficina durante un altercado se había liado a golpes con su jefe de ayudantes, el capitán López Lena, desde ahí le simpatizó. Aunque en ese encuentro le advirtió de que eran otros tiempos, no era conveniente “andar de agitador” y le anunció que a partir de ese momento sería removido al interior del país.

Maldonado estaba identificado como “Hernando”, seudónimo con el que participó en varias reuniones de un grupo de militares simpatizantes del Partido Obrero Revolucionario Trotskysta (PORT), realizadas en aquellos meses por el rumbo del Lago de Guadalupe, al norte de la ciudad de México. Al grupo lo encabezaba el teniente coronel José María Ríos de Hoyos, un oficial que se había distinguido por sus escritos y posiciones críticas al régimen, había dos médicos militares, el mayor Baldomero Rodríguez Tique y Antonio Villafuerte Moreno, también un ingeniero militar, el teniente coronel José Ayala Morelos y un sargento de la fuerza aérea, Marcelo Velázquez Canseco. Tenían el objetivo de ganar adeptos dentro y fuera del ejército, declaró el capitán a los oficiales de inteligencia militar que lo interrogaron, se “preparaban intelectualmente con el objeto de estar listos en el momento oportuno” para asumir las directivas que marcara el partido. Después de la entrevista el Estado Mayor de la Defensa determinó que Maldonado estaba en periodo de adoctrinamiento, era quien más había cooperado y suponían que no conocía las finalidades materiales de las reuniones. Pese a ello, estaba claro que el oficial era “un convencido militante comunista”, quien expuso en forma “nebulosa” la filosofía política que lo guiaba en su versión trotskysta.1

En la época del anticomunismo exacerbado, el que existiera un grupo clandestino de militares simpatizantes de izquierda, era una señal de alerta para la Defensa. Todos los que fueron identificados como activistas fueron removidos de sus puestos y separados para ser enviados a diferentes partes del país donde no tuvieran contacto entre sí, desde entonces quedaron bajo estricta vigilancia. Al capitán Maldonado lo mandaron en 1968 comisionado a la base aérea milita de Zapopan, Jalisco, donde comenzó a tejer lazos de amistad con algunos personajes que marcarían su futuro.

En 1954 se había graduado como subteniente de zapadores en el Colegio Militar, tiempo después se cambió a infantería y realizó el curso de paracaidista que concluyó en 1965. Fue comandante del cuerpo de cadetes del Colegio del Aire en Zapopan hasta 1971 cuando abandonó Jalisco para quedar comisionado en el Estado Mayor Presidencial, el cual dejó en 1974 para llegar a Culiacán, Sinaloa, como segundo comandante del 12 batallón de infantería. Regresó a Jalisco en 1982 con la orden de organizar el que sería el 79 de infantería que encabezó durante dos años, ascendió a general y pasó comisionado a Puebla donde se retiró del servicio en 1985. En diciembre de 1988 Javier García Paniagua, primogénito del general García Barragán, lo invitó a trabajar con él como director de la academia de policía del Distrito Federal. Cuando desempeñaba este puesto conoció a un hombre que entonces decía tener 34 años de edad, de complexión regular, bigote y cabello lacio, con acento norteño y estatura por arriba del metro ochenta. Fue durante un convivio por su onomástico en abril de 1989 en el restaurante San Angel Inn, donde sus colegas del plantel le ofrecían una cena. De una mesa contigua se paró éste individuo quien en tono cordial se le acercó para presentarse.

–¿Usted es el general Maldonado? –preguntó. –A sus órdenes—respondió. Se presentó como Amado Carrillo Fuentes, le dijo que conocía su historial de <>, sabía de su notoriedad porque “iba a ser un guerrillero”, además a la gente que detuvo nunca la torturó, no los “cargó ni inventó delitos ni les robó droga”. Era un caso entre policías y militares, dijo, “ya que estos torturan y matan”. El militar discrepó. Le dijo que no creía que eso fuera verdad y charlaron durante más de media hora. Años después, cuando el general fue detenido acusado de vínculos con el narcotráfico, al rememorar este primer encuentro, declaró ante las autoridades que no tenía idea de quién era su interlocutor, pero por el tipo de conversación que sostuvieron dedujo que “probablemente se dedicaba a actividades del narcotráfico”. Le aclaró que durante su estancia en Jalisco como comandante de batallón, nunca lo habían podido comprar “ni con cinco millones de dólares”. Casi para finalizar el encuentro dedujo dos opciones sobre la actividad a la que se dedicaba ese hombre: “ó era narcotraficante ó era policía”. De cualquier forma le inspiró confianza, reconoció, e intercambiaron direcciones y teléfonos con la promesa de volver a encontrarse. Lo hicieron poco tiempo después, cuando en el mes de julio de aquel año Amado fue detenido por una compañía de infantería en Huixiopa, en la sierra de Sinaloa. El militar intervino pero nada pudo hacer para que fuera consignado al reclusorio sur.

Tras la captura de Amado, el general Maldonado fue a visitarlo meses después a la cárcel, el intermediario fue un individuo que se identificó como Joel Martínez, un ingeniero que actuaba como brazo derecho del capo. Fue quien facilitó la entrada por las aduanas del penal sin que los molestaran, recordó el militar. Dentro Carrillo Fuentes demostraba ser “un hombre de gran poder ya que disponía de un número amplio de habitaciones conyugales” donde departía la gente que lo visitaba. Ahí lo recibió con un abrazo, lo llevó a una mesa contigua y le contó que lo habían consignado por portación de arma prohibida. Le confió que pronto saldría pues “contaba con amigos dentro de la Procuraduría General de la República” y calculaba no más de un año en que obtuviera de nuevo su libertad. Le pidió que no perdiera contacto con él, que si llegara a cambiar de domicilio avisara al ayudante con el que llegó para tener actualizados sus datos. Así lo hizo cuando regresó a vivir a Guadalajara desde el DF, cuando abandonó su cargo en la policía capitalina para dedicarse al negocio de “bienes y raíces”.

A principios de 1990 una llamada a su domicilio del ingeniero Martínez le anunció que Amado ya estaba en libertad y quería verlo en la ciudad de México. Le pagarían el boleto de avión y el hospedaje, a lo que el general aceptó. Lo recogieron en el aeropuerto y lo llevaron al hotel Real del Sur, en el cruce de Calzada de Tlalpan y División del Norte, donde pernoctó esa noche. Al día siguiente pasaron por él para llevarlo a una casona por el rumbo del Pedregal de San Ángel. Ahí encontró a la familia Carrillo Fuentes en una comida, lo invitaron a pasar y tras la sobremesa, Amado lo condujo a una habitación privada para platicar a solas con él. Le dio las gracias por su apoyo y le pidió disculpas por el daño que le pudo haber ocasionado aquella ocasión que abogó por él cuando lo detuvieron. Le ofreció cinco millones de dólares por su intervención algo que al militar le extrañó. Le dijo que con esa cantidad podía comprarse unos cincuenta camiones kenworth, y le propuso darle cinco millones más para que comprara otros cincuenta tráileres para que se los administrara. Maldonado comentó que “nunca había manejado grandes cantidades de dinero y que no sería normal esa tenencia de dinero”. Le propuso al capo que le dejara analizar la situación ya que quizá podría aceptarle un préstamo sin intereses a tres o cuatro años. –¿En cuánto tiempo me da su respuesta general?—preguntó Carrillo. –Deme seis meses—contestó.

Cuando narró este encuentro ante la autoridad judicial, lo cuestionaron del por qué si conocía las actividades de Carrillo nunca lo denunció ó hizo algo por detenerlo. El general contestó: “por el simple motivo de que era del dominio público que gozaba de protección por parte de autoridades civiles”. Al continuar con su relato, contó que varias veces el capo lo invitó a Ciudad Juárez y al DF donde una ocasión le reclamó “de que servía su honestidad” y le reiteró su invitación para que trabajara con él. El militar de nuevo se negó lo cual no impidió que lo siguieran buscando. Una ocasión en los primeras semanas de 1994, lo mandó traer a la ciudad de México, lo hospedaron en el mismo hotel a donde llegó Carrillo a visitarlo. Estuvieron un buen rato en el restaurante, a mitad de la charla lo cuestionó sobre su relación con los altos mandos del ejército, generales comandantes de zona y de guarnición. Maldonado dijo que era nula y sería un “grave problema” dada la relación de compañerismo, si se conociera que eran amigos. Amado le pidió “que lo relacionara con personal militar de alto nivel, es decir, que lo presentara y le ‘metiera el hombro’ con los generales”. Nunca le explicó cuál era su finalidad, pero el brigadier supuso que era para facilitar sus actividades de narcotráfico, por lo que se negó.

Según su testimonio pasaron dos años y a mediados de 1996 lo contactó de nuevo para invitarlo al DF. Lo hospedaron en el hotel Emporio de Paseo de la Reforma, ahí llegó por él una camioneta con chofer que lo trasladó a una residencia de las Lomas. Encontró a Carrillo en una espaciosa sala decorada en estilo vanguardista de donde se incorporó para recibirlo. Lo condujo a un espacio más pequeño y reservado donde le confesó que “tenía todo bajo control”, hizo un relato de sus actividades y le comentó que ya contaba con apoyos “poderosos” en el mundo de la política y le pidió que le organizara un equipo de cuarenta hombres para su seguridad “y para lo que fuera necesario”. Añadió que él podía comprar “el mejor armamento que existe en el mundo”, y para la tarea que le encomendaba podía disponer de “grandes cantidades de dólares”, además que en adelante viviría “como nunca había soñado”. El general de nueva cuenta se negó. Según su versión, fue la última vez que lo vio.

A mediados de los años ochenta, cuando era comandante del 79 de infantería en Jalisco, Maldonado contó que conoció a otros capos por medio de Javier Barba, un individuo que se decía líder estudiantil en Guadalajara y trabajaba como “madrina” en la hoy desaparecida Dirección Federal de Seguridad, la otrora policía política del antiguo régimen. Una ocasión cuando este hombre le solicitó una entrevista, lo invitó a una casona por el rumbo de la avenida Manuel Acuña, donde le contó que había “desde uno a cinco millones de dólares” si entregaba droga que decomisara a la Policía Judicial Federal. El general creyó que en esa reunión iban a estar solos pero ahí fue presentado con Juan José Esparragoza Moreno “El Azul”, Rafael Caro Quintero, Emilio Quintero Payán y Ernesto Fonseca Carrillo. En ese encuentro les indicó que “cada quien a lo suyo” y que quemaría cada kilo de droga que incautara. “Y donde observara a cualquiera de ellos en actos de delito, los iba a asegurar”. Luego de su dicho Esparragoza y Quintero Payan exclamaron: –¡Esos son huevos!—y acto seguido, según su testimonio, le pidieron “les permitiera besarle la mano, hecho que realizaron los antes citados”.2

Maldonado se retiró del lugar acompañado de Barba, en los meses siguientes la droga que incautó fueron plantíos de marihuana que incineraron en el lugar de la siembra, como en el cerro de Tequila y el poblado de Santiaguito. Nunca volvió a ver a estas personas, aseguró, después se enteró que a Barba lo habían asesinado en un enfrentamiento en Mazatlán, Sinaloa y a Esparragoza lo encontró en el reclusorio sur el día que visitó a Amado Carrillo. En 1984 fue Barba quien lo presentó con Joaquín “El Chapo” Guzmán, le dijo que era “de la palomilla” cuando se encontraba acompañado de agentes de la Federal de Seguridad de la ciudad de Guadalajara. La segunda ocasión que estuvo con el hoy jefe del cártel de Sinaloa, fue en 1987 cuando lo encontró a la salida del lienzo charro de Guadalajara y lo invitó a su despacho que tenía por el rumbo de la avenida Colón. El general nunca aclaró en sus testimonios judiciales de qué habló con el capo, pero tiempo después dice que se enteró que éste era “trabajador” de Esparragoza y que tras su detención por esos años “empezó a crecer en actividades del narcotráfico”. Tampoco dejó en claro aquella ocasión de marzo de 1986 cuando un oficial adscrito al grupo de información de la comandancia de la quince zona militar en la capital jalisciense, le alertó para que saliera de su domicilio donde se encontraba con sus amigos Otho Camarena y Javier García Morales, nieto del general García Barragán, ya que “los iban a matar elementos del ejército”, por lo que abandonó el lugar llevando consigo “cinco millones de dólares en alhajas y moneda americana”.

Maldonado el joven oficial que tuvo inclinaciones trotskistas en los años sesenta, fue detenido a finales de 1997 acusado de proteger a Carrillo Fuentes, pasó casi cinco años en prisión hasta que fue absuelto en septiembre del 2002 por un tribunal unitario. Fue el primero de los generales procesados por narcotráfico en obtener su libertad.

/Por Juan Veledíaz/

1.- Expediente 11-81-66. Legajo 2, Hojas 255 a 266 Fondo Dirección Federal de Seguridad (DFS), Archivo General de la Nación y Expediente 11-81-69. Legajo 6, Hoja 94.

2.- Declaración ministerial del general brigadier retirado Jorge Mariano Maldonado Vega. Fojas 127 a 156. Poder Judicial de la Federación. Causa Penal 39/99.

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